martes, 12 de marzo de 2013

LA VENGANZA DE LOS AZTECAS LLEGA A TEPOTZOTLÁN


 
El Sitio Maya tiene a bien comunicar que el viernes 26 de abril del 2013 a las 6:00 de la tarde se presentará en la insigne Biblioteca Pública Municipal “Francisco Javier Clavijero” del pueblo de Tepotzotlán el libro La venganza de los aztecas. Mitos y profecías obra ganadora del Premio Internacional de Cuento, Mito y Leyenda Andrés Henestrosa 2012 que organiza del estado de Oaxaca. El autor es originario de Tepotzotlán y con todo orgullo lo demuestra en los cuentos que conforman su obra ganadora, asimismo en el hecho de escoger la biblioteca municipal como sede del evento al hallarse frente a lo que fuera la casa del primer escritor americano, el pensador mexicano, Don Joaquín Fernández de Lizardi. Se ha dicho que habrá pulque de cortesía proveniente de San Miguel Cañadas a expensas del Sitio Maya y que la mismísima diosa Mayahuel se hará presente. Asistirán para presentar el libro un distinguido grupo de jóvenes escritores y funcionarios culturales. La invitación es gratuita y abierta a todo el público, espacialmente a la gente de todos los pueblos y barrios que conforman el hermoso municipio de Tepotzotlán puesto que a ellos está dedicado el libro. Para muestra basta un botón y dejamos a ustedes el cuento San Miguel Cañadas que tiene su inspiración en la leyenda de la cueva de la Alcaparrosa. Basta añadir que la presentación en la Ciudad de México será el martes 23 de abril en la Casa de la Primera Imprenta de América, calle Primo de Verdad # 10 casi equina con Moneda, a un costado del Palacio Nacional. La dirección de la Biblioteca Pública de Tepotzotlán es calle Pensador Mexicano s/n, barrio San Martín, Tepotzotlán, Estado de México. Este libro ya fue presentado en el monumental teatro Macedonio Alcalá a principios de enero de lo cual quedó testimonio en la prensa nacional, tal como el videoreportaje que al terminar el cuento San Miguel Cañadas podrán observar. No falten y por favor corran la voz:
 
SAN MIGUEL CAÑADAS

A los niños de San Miguel

Te van a decir los de San Miguel: hoy es el día en que se aparece el pastor en las Dos Jorobas. Vete. El sendero se toma por el camino que sube a los Cascabeles, antes de pasar las trancas para los toros de lidia, tuerce uno a la derecha y las cabezas de los cerros ya te están mirando desde sus alturas. Se abre la brecha apenas dibujada entre el manto de hojas secas de los encinos, de noche es difícil hallar los senderos en esos bosques viejos. Cualquiera de las puntas es alta. Grato desde sus picos resulta el paisaje de San Miguel y sus calles enlajadas, de los montes grandes y los campos dispersándose en rededor. En la cordillera el trecho es angosto. Abajo las lomas se salpican de parcelas barbechadas y estanques de aguas turbias. El punto de referencia es la cima que por su forma semeja a un pezón. De cara al sur, hacia Peña Colorada, hacia la casa misma del jorobado, las faldas de esa cima son breñas áridas y pedregales. La parte que da al norte, en cambio, se tupe con bosques de encinos que con sus frondas y sombras se hacen escondite de las cosas de este mundo pero también de las del otro mundo. En ese tremendo encinal hay varias cuevas. Sólo una es de dimensiones considerables. Su boca, escondida entre los madroños, cuenta aproximadamente cuatro metros y sólo se abre una vez al año.
 

Esa cueva es un lugar donde uno tienta lo invisible, donde se escucha el susurro. Allí se aparece el pastor. Un hombre viejo, el más viejo que puede haber. Sus mañas y lengua son muy parecidas a la de los primeros dueños de este cerro. El pastor no sólo conoce el número de cavernas sino hasta las llama por su nombre propio a cada una. No recuerdo ni uno sólo de aquellos motes. Él le enseñó a varios caminantes que en las cuevas se podían encontrar, en puntos estratégicos, cráneos de barro. Algunos eran del tamaño de un puño, pesaban como una piedra de río, un ojo lo tenían pintado de negro, el otro bermellón. Esas piezas eran  muy bellas, como nunca más se han podido hallar. A lo largo de mi vida he visto unos veinte cráneos, algunos de barro como el primero que miré, otros de madera o de piedra. Algunos los he olvidado. No debe parecer extraño. A pesar de que en apariencia representan el mismo motivo, cada cual ocultaba un cambio o símbolo o un carácter distinto que le hacía particular. Por ejemplo, había uno, me gustó mucho y recuerdo bien su imagen, lo encontraron entre los matorrales, cerca de las iglesias viejas, y lo llevaron por la tarde a la secundaria. Nos contaron que no se tuvo que rascar mucho para dar con él. Estaba en el cauce del temporal. Casi yacía al descubierto. Por su tamaño y forma parecía la réplica de un cráneo infantil. En la parte superior tenía pequeños agujeros a distancia de un centímetro cada uno y así de la mollera hacia atrás cubriendo medio cráneo. Esos agujeritos servían para incrustar manojos de cabellos.
Antes los cráneos se encontraban con facilidad. Ahora el cerro está saqueado. La gente les ha dado usos variopintos. La mayoría para ritos paganos. Algunos amigos que siguen escarbando han dicho que en el interior de las cuevas encuentran cráneos grandes. Ninguno de ellos, por lo demás, me ha enseñado nada. Yo comencé a buscar esas piezas en mi niñez. Junto con otros muchachos, nos dedicamos a explorar estos cerritos, motivados por la idea de alguna vez hallar al pastor. En muchos rincones hallamos piezas. También, muy cerca de esta cueva, encontré una vez tres calaveras humanas, no de barro, ni madera, ni piedra. Cráneos de verdad. Nadie me ayudó en esa ocasión, lo hice yo solo. No era entonces un niño y mi juventud me hacía irreverente. Sin medir consecuencias cargué con las tres calaveras hasta mi casa y las dejé sobre una mesa a lado de mi cama.
Esa misma noche, cuando dispuse dormir, escuché murmullos de voces. Pareció que ese cuchicheo provenía del lugar donde acomodé los cráneos. El temor apretó mi gañote; encendí una veladora y la aproximé a la mesa. Las calaveras, como era de esperarse, se hallaban mudas. Regresé al lecho y pude dormir mientras la vela se mantuvo encendida. Se apagó en la madrugada. Las voces no tardaron en reanudar su conversación. Esperé largos minutos a que desaparecieran esas sensaciones o percepciones o lo que hayan sido. Por supuesto supe bien de dónde provenían las voces chillonas, secas. Resultaba igual a tener a tres comadres al pie de la cama de un enfermo, tres comadres indolentes, ajenas al sufrimiento. Un rato después, cansado del ruidero, prendí otra veladora y los tres cráneos quedaron inmóviles sobre la mesa.
Sucedió esto por varias noches más. Ya no encendí ninguna luz, pues mi familia pensó que terminaría con el gasto familiar en velas. Quizá con la luna llena, pensé, podría mirar cómo platicaban esa triada de oradores, a quienes, por cierto, nada entendí. Primero puse atención, convencido de que revelaban secretos mayúsculos, luego me di cuenta que iba a ser imposible entrever nada en ese parloteo desordenado. Al final, ya no quise discurrir las horas, literalmente, como un cazador de palabras. Esperé, sin más, las fases lunares con el ahínco del astrolabio. A la postre confirmé que lo mágico se alumbra con cuerpos iguales pero distintos. Sobre la mesa, la lumbre plateada del plenilunio alcanzó, filtrándose por los aleros, a las tres calaveras: éstas se quedaron inmóviles, sonriendo más pálidas que nunca. Para qué decir que el novilunio —la luna negra de las ánimas— cobijó en nuevas tertulias a las conversadoras.
Mi salud comenzó a quebrantarse. Una tarde irrumpió mi padre en la alcoba de la cual yo casi no salía. Sin mediar saludos exigió que devolviera los cráneos a su lugar. Obedecí por el temor a su voz resuelta que logró, con improperios, penetrar mi estado de inconsciencia a la que la falta de sueño condujo. No recordaba bien el lugar en que las había encontrado, así que husmeé en el bosque hasta llegar a la boca de una cueva grande, escondida entre los encinos, que yo no reconocí. Un hombre se hallaba en la entrada, su piel parecía un pergamino corrugado, un sombrero de ala ancha le hacía sombras en el rostro aunque sus ojos alumbraban como los de una fiera. Al tenerme de frente me arrebató los cráneos, tomó mi mano y se condujo dentro de la cueva. Las penumbras se hicieron largas, hubo segundos en los que verdaderamente creí recibir una muerte segura. Sentí un fuerte jalón en mi brazo, caí al piso arenoso, el hombre me arrastró un buen trecho. Yo hincaba bien las uñas en la tierra. Comencé a distinguir pálidos refulgores en el techo de la cueva. Soltó mi mano cuando llegamos a una galería donde se hallaban conformados en la roca altares con ofrendas de veladoras y cirios, cráneos de barro, manojos de pelos, ataduras de plumas, pan de muerto. El hombre encontró un lugar y allí acomodó las tres calaveras. Entre las cazuelas buscó unos trozos de carne y los puso frente a mí para que comiera y nos sentamos a beber durante largo rato y su bebida era fuerte, cimarrona.
Una vez que salimos de la cueva, me invitó a visitarle al año siguiente y prometió llevarme a un ojo de agua, en lo profundo, que mana sangre y todavía más allá, a un túmulo donde juró que reposaba un esqueleto milagroso al que sólo pocos fieles consiguen ofrendar. Nunca más he vuelto. Tengo marcado ese día en el calendario para no subir al monte.
 
 
 
Premiación de La venganza de los Aztecas. Mitos y profecías en el teatro Macedonio Alcalá de la ciudad de Oaxaca
 
 
 
 
* La imagen que encabeza este artículo donde aparece el templo de Tepotzotlán al fondo y los copillis de los danzantes pertenece al blog http://nehtotiliztlihuehuecuauhtitlan.blogspot.mx y la fotografía final del cuento es obra del colombiano Alejandro Cock Peláez.
           
 ** Visite la página de la Biblioteca Pública Francisco Javier Clavijero de Tepotzotlán en la dirección http://bibliotecatepotzotlan.blogspot.mx/ 
 
 
El Sitio Maya siempre apoyando la cultura en Tepotzotlán. Visítanos, somos la única pulquería del país que cuenta con alberca, área de acampado y servicio de banquetería todo el año. Prueba con nosotros los Chinicuiles, Escamoles, Chapulines y Acociles. Las Carnitas a la Leña. 12 maneras distintas de preparar la Trucha. Nuestra alberca es de piedra de laja y cuenta con tobogán. Visitanos en la carretera libre a Arcos del Sitio s/n, pueblo de San Miguel Cañadas, delante de la capilla, Tepotzotlán, Estado de México, teléfono 59960382 o 53471933 visita nuestra página hermana http://elsitiomaya.blogspot.mx

 

 
 

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